Paco

Se despertó como cada mañana, justo a las 6:04. Este despertador ha funcionado a la perfección desde hace más de ocho años. Con excepción del domingo, siempre suena a las 6:04.

Después de su acostumbrado minuto de desperezamiento, Paco se levantó directo hacia el baño. Le gusta comenzar el día con su aseo personal. Sólo que el día de hoy, precisamente hoy las cosas iban a resultar muy diferentes.

Se lavó la cara con agua y jabón, se cepilló los dientes con su cepillo de cerdas duras, ésto le provocó una leve hemorragia en las encías. Tomó un pedazo de papel higiénico y se limpió la sangre.

Caminó hacia el pasillo después de peinarse el cabello tres veces con su acostumbrado peine negro y cuadrado. Entró a la cocina y se preparó un café, no un café convencional, era uno de esos cafés fríos que aplicados en la leche, se disuelven después de mucho revolver. Lo bebió completo de un sorbo; ésto lo hizo despertar por completo, lo acompañó con sus acostumbrados roles de canela, de ésos que desde hacía varios años compraba religiosamente en el supermercado de la esquina. Pero este día peculiar, se había equivocado y había comprado, sí, roles de canela, pero éstos estaban glaseados; ésto los hacía empalagosos, desagradables por su excesivo dulzor.

Terminó su desayuno y cuando acababa de tender la cama, alguien tocó a la puerta. Paco recorrió velozmente el pasillo y antes de abrir la puerta, preguntó quién estaba del otro lado de ésta, un silbido no muy agudo sonó, era el cartero.

Paco abrió la puerta con curiosidad, hacía tanto tiempo que no recibía correspondencia que ya ni siquiera recordaba quién le había enviado la última carta. Frente a él estaba el cartero, más bien la cartera (poco a poco las mujeres iban ganando terreno), con su impecable uniforme color gris y la gorra, que siempre da a los uniformados un tono de seriedad.

- Perdone que lo moleste, - dijo la uniformada - ¿sabe usted si todavía vive en el doce la familia argentina? Tengo un sobre para la señora, pero necesito que firme la recepción.

No sin cierta desilusión, Paco contestó a la cartera que los vio salir juntos ayer por la mañana, así que suponía que seguían viviendo en el edificio, pero que la Juanita, la portera, podría darle una información más precisa.

Una vez que la cartera agradeció a Paco y se retiró, éste continuó con su rutina matutina.

Desanimado, se sentó en su vieja mecedora y miró un rato la televisión, durante ésto, se quedó dormido en la incómoda silla. Lo que lo despertó después de un par de horas fue...

The End

0 comments about this story Feed