[Prefieres regresar a casa y olvidar por completo la aventura]
-Mamá, estoy en casa- dices intentado que tu voz suene más fuerte que el rechinido de la puerta. Tu mamá está hincada junto al fogón junto con tu hermano y tu hermana en la mitad de la choza, moliendo los granos que tú dejaste ese día.
Tu mamá se levanta y comienza a reñirte de que cada día llegas más y mas tarde y dejas de hacer las labores que ella te encomienda. Intentas explicarle lo de los viajeros pero ella te abofetea y un par de lágrimas corren tu rostro. Bajas la mirada de forma sumisa y aceptas el regaño y el castigo.
Durante la noche, tu familia cena algo de leche de cabra y un par de bollos de maíz frente al fogón. Tu mamá te abraza y desaparece la tristeza que sentía hace un par de horas.
Te preguntas cómo es que pudiste pensar en irte así como así de casa. Piensas sobre la dureza con la que te habría tratado tu madre si así hubiera sido y te dan escalofríos. Te acurrucas en el hombro de mamá, bajo la manta de lana y casi te quedas dormida.
Seguramente nunca saldrás de la aldea. Morirás sin saber qué hay mas allá del campo de pastoreo, pero por ti está bien.
Dentro de unos años, tu tía elegirá a una aprendiz. Sabes que tú eres quien tomará ese papel, pero no estás hecha para eso. Dejarás que tu hermana se vuelva la curandera del pueblo. Tu tal vez te cases, o no. Tal vez sigas pastoreando las cabras o no. Nunca se sabe.
Lo único seguro es que mañana será otro día.
FIN
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