El cristal de Derakun
Una pequeña roca golpea tu ceja con lo que tus pensamientos quedan interrumpidos. Inmediatamente te sube la sangre al rostro y buscas con ira a quien arrojó la roca. Ves correr a dos de los niños de la aldea por una ladera intentando esquivar las rocas y los agujeros del piso en su huida. Están lo bastante cerca para escuchar sus carcajadas. Comienzas a lanzar rocas hacia donde se encuentran; una de ellas acierta en la coronilla de uno de los niños derribandolo.
-¡Nos las pagarás, Merisa!- te grita el niño mayor mientras levanta al otro que está inundado en llanto. Tú levantas tus dedos en una seña obscena y continuas tirándoles rocas hasta que se alejan abrazados por los hombros.
Mientras ensoñabas, te habías olvidado de tu rebaño. Comienzas a contar y te das cuenta de que una de tus cabras ha escapado. Te llevas los dedos a los labios y silbas hasta que obtienes una respuesta. Una de las cabras más jóvenes se ha alejado demasiado y te llama con su balido.
Tú eres Merisa. Tienes unos quince o dieciseis años, pero no lo sabes con exactitud. Al igual que los niños y jóvenes de la región, te dedicas a pastorear cabras u ovejas para luego vender su queso, su leche, su cuero y carne. No eres excepcional; ni bonita ni fea. Te trenzas el cabello y usas delantal de cuero igual que las chicas de tu edad.
Solo hay dos cosas que te distinguen de los demás habitantes de tu aldea. Sabes leer, con torpeza, pero puedes descifrar las palabras escritas en un trozo de papel. En segundo término, tu tía es la curandera del pueblo. Ella fue la que te enseñó el arte de entender las palabras escritas mientras le ayudabas a curar las patas de las cabras, a poner emplastos en las heridas o a hacer sortilegios de amor para las viudas.
Logras ver a la pequeña cabra café llamándote donde hay mayor numero de rocas descansando entre los pastos. Pisas con cuidado para no meter el pie en las pequeñas pozas que se han formado sobre las rocas más grandes. En el piso encuentras un sombrero tejido tirado en la mitad del campo: los niños lo han tirado mientras huían.
Te pones el gorro con aire triunfal y le desamarras las alas para que caigan sobre tus orejas. Al asomarte en una de las pozas tu reflejo te devuelve el rostro de un muchacho. Casi pareces un niño si no fuera por la falda y el delantal. Te hubiera gustado más ser un joven para que tu papá estuviera aún mas orgulloso de ti.
Aún usas la falda negra y las ropas grises de luto. Pareciera que no quisieras usar colores en tu ropa nunca más.Tu padre murió hace algunos meses y aún te angustia el hecho que no hayas podido llorar pos su muerte. Tomas a la pequeña cabra entre tus brazos la cual deja de balar. En cuanto te dispones a volver, un brillo llama tu atención: alguien viene por el camino al pueblo.
Lo más rápido que puedes, regresas a la pequeña cabra con el rebaño. Luego subes la colina a tropezones para ver de quien se trata sin que te vean. Por el camino ves que se acerca una carreta conducida por un hombre viejo. Junto a la carreta ves a una joven mujer montada sobre un enorme caballo gris. Va completamente vestida en armadura pero sin el casco y el metal brillaba con el poco sol que las nubes dejaban escapar.
Tal vez son aventureros. Tal vez buscan un tesoro. O buscan una princesa. Dragones. El hechicero muerto. La torre en la mitad del mar.
Sientes un frío desagradable en una de tus rodillas y te das cuenta que, mientras soñabas despierta, has introducido tu falda a una de las pequeñas pozas de agua. Te sacudes lo mejor que puedes. Los viajeros continúan su camino pero es bastante obvio que se dirigen hacia tu aldea. Saltas de emoción y apuras a tus cabras a que regresen a casa lo más pronto posible.
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