Bahía de la Grupa

Los hombres de mar son reservados, y hay muchas cosas que los dueños de los barcos  -atareados como están en llevar libros y firmar letras de cambio en  las oficinas comerciales- no llegan nunca a saber sobre las largas travesías que afrontan sus capitanes.

Es verdad que a veces los marineros, tras desembarcar con la sed de abrasadores meses de silencio y sal, sueltan la lengua con facilidad en las umbrosas fondas de los puertos, pero por lo general el alcohol torna ininteligibles sus relatos, y los cantineros están más interesados en mantener llenas las copas y hacer circular el metálico que en atender los trasnochados delirios de sus parroquianos.

En cambio yo, que era un curioso muchachito de quince abriles, sentía una fascinación sin límites por esos enigmáticos hombretones de piel cuarteada y modales hoscos, así que no perdía ocasión de observarlos cuando acompañaba a mi tío al puerto con sus remesas de galletas.

Me sentaba en el centro de la sala en la fonda del Mascarón de Proa, y era capaz de estar horas allí, prolongando eternamente mi trago de grog, a la espera de que algún personaje llegado del otro lado del mundo contase una buena historia.

Fue así que escuché a Caribe M’Kenzie hablar con melancolía y anhelo de la Bahía de las Grupa, y aunque no pude sacar mucho en limpio sobre ese lugar extraordinario, la imaginación comenzó trabajar, y ya no pude apartar su nombre de mi mente.

The End

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